40

Cada vez que cerramos una década y empezamos una nueva hay personas que necesitan un tiempo de transición para adaptarse a ella. Recuerdo que cuando cumplí 30 apenas le di importancia, pero según se iba acercando la fecha de mis 40 la sensación fue distinta, como si me hiciera mayor de repente, quizá por la connotación negativa de ser ya cuarentona. Sin embargo, haciendo balance de mi vida, me doy cuenta de cómo he evolucionado y los aprendizajes que he ido adquiriendo, sobre todo, gracias a mi maternidad:

  1. Me quiero más. La edad y las experiencias vividas me han liberado de complejos, de inseguridades y de miedos que me paralizaban. Me veo mejor con 40 que con 20, física y mentalmente. Con más canas, nada que no solucione un tiente, y más arrugas, fruto de muchas risas, de gesticular y de sonreír casi siempre; pero, en definitiva, hoy día tengo más confianza en mí misma, más vitalidad y más entusiasmo. Me encantó la frase que dijo recientemente Sara Granda, una amiga que me dieron las redes sociales: "Me quiero y me requiero, porque yo soy la relación más larga e importante que tendré en la vida".
     
  2. He aprendido a priorizar. En todos los ámbitos de mi vida, más desde que soy madre; el tiempo es oro. Siempre llevo una agenda en papel, pues mi buena memoria se queda corta para recordar todas mis tareas, las de mis hijos y para gestionar con éxito los imprevistos. La vida con hijos se vuelve muy intensa, sobre todo de bebés, y atrás quedaron mis hobbies y mi vida social. Dejé de hacer muchas cosas, otras las hacía muy de vez en cuando, y ahora que son más mayores, he retomado algunas con más frecuencia y las valoro infinitamente más que antes; las disfruto y las exprimo al máximo.
     
  3. Disfruto de la gente que suma. Hay personas que han pasado y pasarán por mi vida sin pena ni gloria y otras que, a pesar del tiempo sin vernos y la distancia que nos separa, se me ilumina el rostro y me sacan una sonrisa cuando pienso en ellas. Hay personas que sin conocerlas físicamente me han hecho sentir bonito y cuando las he conocido personalmente, he podido comprobar lo maravillosas que son. Y otras con las que podría estar horas hablando, riendo, llorando y sentir que el tiempo se detiene.
     
  4. Sé quiénes son mis verdaderos amigos. Conocidos son muchos pero verdaderos amigos aquellos que SON y ESTÁN incondicionalmente: en los buenos momentos disfruto de su compañía, compartimos nuestras vidas, nuestras ilusiones, nuestros proyectos, nos reímos, nos abrazamos, y en los malos momentos, si me caigo, no sueltan mi mano, me agarran fuerte para ayudarme a levantar y me ofrecen su hombro para llorar. Son la familia que he escogido para andar mi camino.
     
  5. Tengo una actitud más positiva ante la vida. Para mí, la maternidad ha sido la experiencia más maravillosa que he vivido, con sus luces y sus sombras, entre ellas, la culpa, una emoción que no solo no sirve para nada, sino que además destruye mi autoestima. La culpa por creer que no lo hago bien, por no llegar a todo; una vez que he sido consciente de ello, he aprendido a relativizar los problemas, a quejarme menos y a sacar la parte positiva de los aspectos negativos. Siempre he sido muy sonriente y ahora más aún, pues trabajando de cara al público me di cuenta del poder que tiene una sonrisa, no solo en mí, en el que la recibe también. 
     
  6. Intento no juzgar. También lo aprendí de mi maternidad. Siempre he tenido el instinto maternal muy a flor de piel, ser madre para mí era uno de mis mayores deseos. Me sentí juzgada incluso desde el embarazo, todo el mundo me daba consejos no solicitados, diciéndome lo que tenía que hacer y cuándo porque yo no sabía. Según Alba iba creciendo, empezaron a manifestarse los primeros síntomas de su TDAH y mi entorno empezó a juzgarme duramente, hasta tal punto que llegué a pensar que me había equivocado, que no debía haber sido madre, hasta que nos dieron el diagnóstico cuando tenía casi 6 años.
     
  7. Me río de mí misma. Soy consciente de cuáles son mis defectos, los asumo y aunque intento corregirlos, no siempre lo consigo, así que la mejor terapia es reírme de ellos. 
     
  8. Hago lo que me apetece y digo lo que pienso. Siempre he intentado agradar, caer bien, me daba vergüenza ser juzgada, y para ello, no siempre hacía lo que me apetecía ni decía lo que pensaba. Ahora me he quitado todos los filtros y me siento más auténtica, más libre.
     
  9. He retomado el deporte. Aunque mis motivaciones han cambiado: en mi vida de no-madre hacía deporte para mantenerme en forma pero al nacer Alba lo abandoné por completo, no me daba la vida. Siete años después lo retomé por salud, pues siempre me dolía la espalda, y empecé a practicar yoga y hace poco también natación. Y lo que empezó siendo una necesidad fisiológica, ahora se ha convertido en una necesidad vital, pues no solo me alivia el dolor, también me aporta mucha vitalidad y libera mi mente. Otro deporte que a veces practico es el patinaje sobre ruedas; Alba quería aprender y yo desempolvé los patines de mi infancia, me hizo mucha ilusión conectar con mi yo de niña.
     
  10. Afronto nuevos retos. Este blog es uno de ellos. Ayudar siempre me ha hecho sentir bien y a través de él compartiré aspectos de mi vida que quizá puedan servir de ayuda a alguien. Nunca antes imaginé que yo pudiera hacerlo y, sin embargo, aquí me veis.

Susana Rivero

 

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