Hace dos años probé mi primera clase de yoga. Me gustó, a pesar de que las primeras veces mi instructor me regañaba y me sentía como si estuviera en el colegio. Yo intentaba imitar a los demás para no hacerlo mal y él me insistía en que tenía que centrar toda mi atención en escucharle y hacer lo que él iba diciendo sin mirar a nadie. Me costó un poco focalizar mi mente en sus palabras, no estaba acostumbrada a ese nivel de concentración, pero cuando lo conseguí, no solo me sentí bien conmigo misma en clase, sino que me ha ayudado en mi día a día a concentrarme mejor.
Todavía recuerdo el primer día que hice sirsasana, la postura invertida sobre la cabeza de la foto. Mi instructor explicó los pasos a seguir para hacerla, dijo que esperáramos si nunca la habíamos hecho, pero yo no le hice caso, pues hacía poco había comprobado que todavía me salía el pino y me vine arriba. Salió la rubia que hay en mí y la hice; no solo no me salió bien, sino que terminé haciendo el pino puente, cayendo al suelo con tal estruendo en el silencio más absoluto, que todo el mundo me miró y murmuró. Muerta de la vergüenza, además de dolorida por el golpazo en la espalda, se acercó a mí, me preguntó si me había hecho daño y seguidamente me regañó tanto que nunca más volví a desobedecerle.
Todas las asanas, a menos que haya una lesión, hay que intentarlas aunque al principio no salgan, con ayuda del instructor si es necesario; saldrán con la práctica y concentración, conociendo nuestros límites, trabajándolos día a día y creyendo en uno mismo.
He de confesar que anteriormente este deporte nunca me había llamado la atención, me parecía demasiado tranquilo y trascendental para mí. Sin embargo, empezó a picarme la curiosidad cuando la profesora de Iker lo practicaba con los niños en clase para estimular su concentración y para relajarles. Pero lo que hizo que me decidiera a probarlo fue cuando un fisio me lo recomendó para mis dolores de espalda y hasta hoy.
El yoga tiene multitud de beneficios, no solo físicos - fortaleza, resistencia, energía, flexibilidad, corrección de la postura, mejora de la circulación sanguínea -, sino también mentales, - concentración, calma, estabilidad emocional, autoconocimiento -.
Los beneficios que yo he notado en mí desde que lo practico son los siguientes: mi postura es más erguida, el dolor de espalda es más liviano, tengo más energía y flexibilidad, también me ha ayudado a saber parar y respirar, mi concentración ha mejorado mucho y la sensación de relajación y calma es mayor, sobre todo, el día que voy a clase; estoy más zen y tengo extra de paciencia con mis hijos intensos. Los días que no voy, intento hacer ciertas posturas en casa que me ayudan a estirarme y descargar la espalda y a veces también hago con mis niños otras de relajación y respiraciones para calmar sus ánimos.
En breve empezaré a trabajar y me será más complicado encajar las clases, pero sé que dos a la semana encajaré, llueva o nieve, las necesito como agua de mayo. La escuela donde me inicié me pilla lejos de casa, andando aproximadamente media hora, pero no la cambio por una más cercana, esta me encanta: los instructores son muy buenos, puedo elegir diferentes horarios en diferentes días, e incluso recuperar las clases durante el mes si no he podido asistir a alguna y, además, una vez al mes hacen un taller de yoga en familia los sábados y Alba ha venido conmigo a casi todas las clases, le viene fenomenal para su TDAH y lo mejor es que también le encanta. Todavía le cuesta mantener la concentración durante toda la clase pero todo es cuestión de tiempo.
Y así llegó el yoga llegó a mi vida para quedarse.
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